viernes, 3 de febrero de 2012

Cómo pueden los maestros (y los alumnos) ganar (o perder)

Pérdida: una clase de matemáticas
Fisk y Lindgren

¿Qué tan importante es el control? Esto no se sabe hasta que se ha perdido. Vayamos a una clase de cuarto año en cualquier lugar del país. Son las doce del día, a fines de septiembre. La materia que se imparte es matemáticas. El maestro es joven, impaciente e inexperto. Está imbuido de una hermosa filosofía asimilada en los cursos que recibió en la escuela normal. Quiere inspirar, cautivar y enseñar realmente. Pero he aquí lo que sucede. 
En la parte posterior del salón varios niños lo reciben con risitas. Una nota que dice: "Israel ama a Cuquis" inicia un sinuoso trayecto por el salón, desde Anita, pasando por Armando y Lety hasta que llega a Malena. Rafael está mirando por la ventana, deseando haber ido a pescar con su tío Manuel. Efraín está rayando subrepticiamente dentro de un escritorio, y tiene absortos a Beto y Paco, que se hallan a su lado. Lety y Lupita están coloreando las letras de los certificados de salud que les dio la enfermera de la escuela. Por decimotercera vez en el día, Memo está despegándose su venda para examinar una cortada que se infectó; sus vecinos observan con interés y repugnancia. Al frente del salón, rodeado de gises, figuras para el franelógrafo, una guía para el señor Bueno. Cree que está enseñando matemáticas, acerca del tema de unir y separar los conjuntos, a un grupo de mediana capacidad, pero está equivocado: está hablando a una pared de ladrillo.
El señor Bueno pregunta: ¿Cuántos objetos hay en este conjunto? Coloca figuras de manzanas en el franelógrafo. No hay ninguna. Nadie escucha. Entonces alza la voz. ¡Pregunté cuántos objetos hay en este conjunto, niños! ¿No me escucharon? No me digan que nadie sabe la respuesta.
Los diez niños que se hallan en las primeras filas miran distraidamente al señor Bueno. El resto del grupo está ocupado en lo que ya se ha descrito antes. Las conversaciones comienzan a oírse aquí y allá. Tres muchachos empiezan a hacer ruidos fuertes. Los sonidos se elevan y las voces de los niños impiden que se oiga la del señor Bueno.
¿Niños!, grita con desesperación. ¿Niños!
El timbre marca el final de la clase de matemáticas. El señor Bueno admite su derrota públicamente ¡Oh, no! Ya no hay tiempo para explicar la página 19, así que tendremos que dejarlo para mañana.
No hay tarea, ¡bravo!, grita un muchacho.
Las exclamaciones de alegría son secundadas por varios otros. El señor Bueno siente ganas de llorar. Es obvio que los niños mandan. El no es inspirador ni cautivador y no enseña verdaderamente. Ha perdido la partida. Treinta y nueve niños de diez años han sido más listos que él y no le han permitido desempeñar su papel (de maestro), negándose a desempeñar sus papeles (de estudiante).
Durante el recreo, el señor Bueno se sienta desolado frente a su escritorio y trata de analizar la situación. ¿En qué se equivocó? ¿Por qué no les simpatiza a los niños? ¿Por qué no lo escuchan? Se siente culpable de haber perdido la hora de matemáticas, está desconcertado por su fracaso y tienen miedo de enfrentarse a los muchachos el día siguiente.